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Como un pájaro recién nacido

Se me va a caer la cabeza. Y, con ella, los ojos. Ya no sé lo que es dormir; no sé distinguir realidad de sueño ni de ciencia ficción. Si alguien me dijera que estamos bajo tierra, le creería salvo porque ahora veo la luz del sol. Ha amanecido hace unos minutos, pero para mí sigue siendo de noche. Siguen siendo las tres de la mañana y no puedo dormir. Mis vecinos ven una película con el volumen de la tele muy alto como hasta la una y media. Luego me acuerdo de alguien que ya no forma parte de mi vida. Espero que esté bien. Después, no es nada psicológico, me digo, sino físico, pero ya no estoy segura de por qué no duermo. Da igual, supongo. La cosa es que así no puedo seguir. Que los cristales se me clavan en los ojos, aunque ya no en el corazón. Supongo que es un paso hacia delante, pero yo me siento arrastrada por el barro. Solamente quiero salir. Pero ya no. Me da miedo.

La caracola es de cristal, pero no puedo atravesarla

La verdad es que me aterra todo lo que está pasando y ocupo todo el día en distracciones que me evaden de la vida en general. Prefiero no pensar en nada, no leer noticias y apenas hablo con nadie. Hoy he salido al balcón y ha vuelto a invadirme esa ansiedad que tenía cuando en mi casa de antes salía a la terraza a las tres de la mañana y me imaginaba saltando al vacío. Solo me siento bien cuando salgo con mi compañera de piso y está a mi lado aplaudiendo. Me alegra que a partir de ahora anochezca más tarde porque soy una persona más bien diurna, pero es de día cuando el exterior me da miedo. Me siento tan sola como siempre, pero ahora todavía más. Quiero llorar y no me sale. Le explico a la gente que no estoy bien, pero que estoy mejor que la semana pasada y a estas alturas no sé si es cierto. Solo quiero que esto acabe ya, pero a la vez no quiero pensar en ello. Ponerle fecha al fin es doloroso. He perdido la cuenta de los días y no sé qué haría sin Internet. En parte, me siento muy a...

Somos seres de caparazón

La Tierra se rebela, aunque algunos dicen que es Dios el que pulsa el botón de la destrucción total y la verdad es que yo ya no sé en qué creer. Supongo que después del vigésimo primer día todo será más sencillo, por eso que dicen de que hacen falta veintiún días para crear un hábito. Para mí es el séptimo y estoy al borde del colapso. No me imagino en una cárcel ni en OT. Ya no. Al menos ellos tienen más estímulos y una casa más grande, aunque son más personas ahí dentro y yo lo que quiero ahora mismo es encerrarme en mi caparazón y no salir jamás. No quiero hablar con nadie en todo el día, solo quiero jugar a «Los Sims» hasta que el mundo acabe, y tampoco. Me aburro enseguida de las cosas. Pensaba que todo esto me daría ganas de escribir, de leer, de ver películas, de hacer cursos online, de hacer limpieza en el ordenador... Todo eso que tengo un poco dejado de lado y para lo que ahora mismo sería un momento estupendo. Pero no pasa. He empezado a ver «Ana y los 7» y cada vez qu...

Espina atravesada en la garganta

No paro de decirme que debo estar bien, que soy feliz, que he conseguido lo que quería y que estoy trabajando en algo relacionado con lo que me gusta. Que estoy bien. Que soy feliz. Que estoy bien, joder. Pero la realidad es que no puedo parar de sentirme sola, que no puedo parar de sentirme cada vez más lejos de todo el mundo, que no puedo parar los miles de millones de pensamientos, las miles de millones de alarmas que me dicen, que me gritan, que no estoy bien. Que, por más que corra, siempre estaré lejos de eso. Quizá solamente pienso en estas cosas en momentos concretos y nada de esto es real. Rara vez sé qué es lo que de verdad siento y tengo la mala costumbre de creerme todo lo que me digo. Quizá por eso no paro de repetirme que estoy bien, porque al final acabará por cumplirse.

#14 Desorden

Llego a casa y solo veo huellas. Huellas que me indican que has estado aquí en algún momento de mi vida. Como aquel día en el que viniste a tomar café un rato y al final te quedaste durante tres semanas. Podía sentir tus pies fríos incluso con la manta entre nosotros y no me molestaba porque eso significaba hogar. Abro el armario de la cocina y ahí está la caja de los cereales que solamente te gustaban a ti. La tiro a la basura. Llevan siete meses caducados. Creo que igualmente se pueden comer, pero seguramente están ya rancios y, además, como he dicho, solo te gustaban a ti. El armario de la entrada se ha quedado muy vacío sin tus abrigos, pero la que echa de menos tus bufandas soy yo. Ahora me entra frío por el cuello y se me mete en la garganta con cada bocanada de aire. Todavía no ha llegado el invierno, pero yo me siento como en la puta Antártida con todo este desorden. Solo quiero darle a rebobinar y caminar hacia atrás como cuando subes por una escalera mecánica que es de bajada...

#13 Serendipia

Los posos del café, los cigarros y la serendipia son conceptos de adolescentes intensos. Me hace gracia reírme de esto cuando yo soy muy de eso sin serlo. No fumo ni bebo café y jamás en mi vida he usado la palabra «serendipia» más que en este texto y, sin embargo, hay algo que me une a todo ello y a los sentimientos que esas cosas quieren transmitir. Mañana voy a comer a casa de mis abuelos y a llevarle a mi abuela un producto que están retirando de las farmacias. Solo hoy he visitado siete y en una quedaba una caja. La única. A veces, la vida es una caja de bombones, sí, pero otras, es una caja que están dejando de fabricar y que han retirado del mercado. Yo solo quiero hacer a mi abuela feliz. Darle una millonésima parte de todo lo que me ha dado ella en la vida y abrazarla tan fuerte, tan fuerte que se quede dentro de mí para siempre. Yo soy una postadolescente intensa, aunque no sé muy bien cuándo se deja de ser postadolescente y se pasa simplemente a ser adulto. En «Los Sims»...

#12 Pertenencia

Tengo una amiga que se ha mudado diecisiete veces. La razón principal es que ninguna de las viviendas las siente como su hogar. Solo busca un signo de pertenencia, algo que le diga "tú eres de aquí", pero, de momento, no lo ha encontrado. Ha estado en cuatro o cinco países distintos, ha vivido sola, con amigos, con gente aleatoria y con sus parejas y en ninguna de las ocasiones ha sido capaz de sentir que estaba en casa. A veces, el hogar no es un lugar, sino una persona o una parte de ella. Otras, lo encontramos en objetos a los que les hemos dado una carga sentimental que llevarán para siempre o hasta que acaben en la basura con el afán de borrar esos sentimientos, o porque simplemente nos acordamos de Marie Kondo y nos da por limpiar la habitación. Pero cuando te mudas tantas veces, es difícil otorgarle sentimientos a un lápiz. Lo dejas atrás porque no escribes con él nunca y ocupa un espacio que puede ser utilizado por otro objeto que usas más. Ese lápiz te lo trajo tu ...