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El colorcillo de las fotos de los 90

Aspiro a ser una versión de mí misma que no he podido ser nunca. Porque no nací antes de 1994 y tengo dolores de cabeza desde hace demasiados años. Nunca he sabido hablar de mí sin desear echarme a llorar o sin reír mientras cuento atrocidades. Supongo que eso me hace ser quien soy, junto con otras muchas cosas. Solo por no haber vivido épocas pasadas, por no haber inundado al mundo con mi llanto todavía, y que únicamente parecen mejores aderezadas con un buen pellizco de nostalgia, solo por eso, no debes pensar que este no es tu sitio. Porque a pesar de todo lo que puede tacharse como desdeñable, esta es la mejor época en la que podrías haber nacido.

Todos los días lo mismo

Extiendo la hora de acostarme como si fuera un chicle que se me ha quedado atrapado entre los dedos. Tengo que tener cuidado de que no se me pegue en el pelo porque eso ya me pasó de pequeña y me lo tuvieron que cortar. Los rizos no se llevan bien con esa sustancia mentolada y pegajosa y mi madre tampoco lo hizo. Yo es que no encuentro las tijeras y solo en mi habitación tengo como tres, pero si entro ahí sé que me tumbaré para siempre, aunque lo de dormir no va ligado a permanecer en horizontal. Ojalá fuera tan fácil como cerrar los ojos y desenchufar el cerebro. Por eso me dan envidia las máquinas. Tampoco tienen que comer ni ir al baño. ¿Por qué tuve que hacer en forma de ser humano? Yo solo quiero ser una pared a la que un día destruyan a mazazos y que no sienta nada cuando lo hagan.

«A veces, después de haber estado escarbando para encontrar la verdad, tengo ganas de volver a enterrarla»

Me gusta mucho el verbo «escarbar» en esa frase, es como que se lleva toda la atención de lo que dices y te produce un sentimiento extraño, como de incomodidad y al mismo tiempo, reconforta porque escarbar para encontrar la verdad implica hundir las manos en la tierra hasta toparse con las raíces de un árbol que creíamos enterrado, pero no confundamos «enterrado» con «muerto». Y no todas las raíces deben ser desenterradas porque si están ancladas al suelo, es por algo. 

Is the earth colored red?

Tengo las piernas tan blancas que no parecen las mías; y el corazón tan rojo que parece el mismo que hace siete años. Siete años y cierro los ojos y estoy en dos mil trece de nuevo. Me da pánico lo que siento. En estos momentos me doy cuenta de que en realidad mi vida sí ha avanzado, y lo ha hecho en tantos aspectos que es, al mismo tiempo, emocionante y aterrador. Son dos sentimientos que curiosa y normalmente van relacionados. Están entrelazados de manera eterna; su unión es irrompible, no como mi pecho. Bajo la piel tengo costillas que se clavan en las profundidades del océano que es ahora la sangre que rodea a este órgano tan importante y palpitante. Y no me importa. No me importa. El tiempo ha anestesiado mi tórax. Soy una cucaracha a la que le han arrancado la cabeza y continúa correteando. Porque así soy yo: sigo hacia delante aunque me falten partes del cuerpo.

Vomitando en el lavabo

El tiempo se me hace bola y de repente se está acabando mayo. Faltan exactamente veinticuatro días para mi cumpleaños, pero llevo meses sintiendo el pavor que me entra cada vez que llega ese momento. Y no es por el hecho de envejecer un año más —un día más, en realidad, qué ridículos somos— sintiendo que no he logrado nada en la vida, sino porque siempre me siento tan sola que me hundo sobre mí misma y me quedo como una pelota de papel albal. Normalmente, se maquilla todo eso con gente alrededor, algún «felicidades» suelto, yo misma intentando animarme de una forma ridícula y penosa, pero es que este año no va a pasar ni eso. Como siempre, nadie se acordará de mí, ni siquiera mis amigos, y, bueno, mi familia me llamará y eso está bien, pero no está bien tener la misma conversación siete veces seguidas. No sé, es darle vueltas a lo mismo trescientas treinta y cinco mil veces y llego a la misma conclusión todas ellas: a ninguna. Siento que el problema está en mí, pero no puedo evitar pen...

Nos volveremos intocables

Hoy ha sido la tercera vez que he salido a pasear desde que nos dejan hacerlo. Me siento como la protagonista de un microrrelato que escribí hace años para el concurso de narrativa del colegio: atrapada en una distopía absurda en la que, entre otras cosas, la gente no podía salir a la calle siempre que quisiera; había unos horarios, algo así como cuando estás en una dictadura. A pesar de que intento salir lo menos posible, cada vez se me hacen más necesarios estos paseos, como si estuviera desarrollando una especie de drogodependencia hacia el acto de caminar. Ya no es algo básico, es un deseo inalcanzable, como una mansión en Beverly Hills. No sé, hace mucho que no me tocan el brazo mientras me hablan, un gesto que odio, pero que ahora mismo hasta echo de menos.

Si cayeran pétalos de tus ojos

Una vez conocí a una chica que tenía manos de hurón. Escarbaba en la tierra en busca de piñones y tenía dos girasoles por ojos. Podría jurar que el pelo le olía a sal y en las pestañas le descansaban pequeñas caracolas que habían sido arrastradas por el mar que habitaba en su pecho. Un día le oí susurrar muy bajito que había capturado una mariposa, con sus manitas de mustélido, y la había puesto en una urna de cristal para ver cómo se moría, lentamente y sin vergüenza. Las moscas salían de su garganta cada vez que hablaba y yo solo podía pensar en las alas muertas de aquel animal.